Olvidemos el jabón. ¡Hagamos bizcochos!
A veces todo es cuestión de suerte. No tienes suficiente mantequilla. Ni el tipo de chocolate adecuado. Aún así te empeñas y sigues adelante. Y, a veces, del caos surge lo sublime. Ingredientes caóticos: 50 gr. de chocolate negro con chile, 3 cucharadas de agua, 150 gr. de azúcar moreno, 70 gr. de mantequilla, 100 gr. de aceite de 0,4º (en la receta original son 170 gr. de mantequilla), 25 gr de almendras molidas, 3 cucharadas de harina de fuerza, 5 huevos, 100 gr de almendras y avellanas troceadas.
Troceamos el chocolate y lo fundimos con 3 cucharadas soperas de agua. Añadimos y mezclamos el azúcar moreno. Vamos incorporando la mantequilla y el aceite. Aquí empiezan los problemas. No se incorpora bien, sobra aceite. Apartamos el cazo del fuego y echamos las almendras molidas y las 3 cucharadas soperas de harina de fuerza. Es imposible trabajar la masa.
Repaso la receta por si se me olvida algo. Monto las claras de los 5 cinco huevos. Vuelvo a repasar la receta y descubro, viendo una foto, el texto está mal redactado, que hay que añadir las 5 yemas a la mezcla. Esto ya va consiguiendo otra textura. Sigue sobrando aceite. Con una cucharada retiro el excedente. Mezclo las claras montadas e incorporo los frutos secos troceados. Engrasamos un molde y lo horneamos a 180º. Para colmo casi se quema porque no terminaba de cuajar.
Tú no eres las calorías que consumes.
Tú no eres lo que cocinas.
Tú no eres tu bizcocho.
Parece que el sushi es el plato de las celebraciones. Lo hice por mi cumpleaños y lo he vuelto a hacer por nuestro aniversario. Nos gusta mucho a todos y no es muy difícil, aunque sí un poco laborioso. Suelo tardar unas dos horas en prepararlo. Empezaremos preparando el arroz. Vamos a utilizar 300 gr. para cuatro personas.
Primero lavamos el arroz. Lo ponemos en un cuenco con agua suficiente para cubrirlo. Lo removemos. Lo escurrimos. Lo volvemos a lavar. Así hasta que el agua salga limpia. Será necesario hacerlo unas ocho o diez veces. Esta es la parte más tediosa. Ponemos en arroz en una cacerola de metal. Añadimos 360 ml. de agua. La proporción es un 20% más de agua que de arroz. Tapamos con papel de aluminio y dejamos reposar diez minutos. Pasado este tiempo lo ponemos al fuego. Alto al principio, una vez que empieza a hervir lo bajamos. Lo retiramos cuando se haya inflado el papel de aluminio. Lo tapamos con la tapadera y lo dejamos reposar veinte minutos. Después lo destapamos y dejamos reposar otros veinte minutos.
Cuando haya terminado de reposar pasamos el arroz a una bandeja y le añadimos el vinagre que habremos preparado antes ( 50 ml. de vinagre de arroz, 2 cucharadas de azúcar y media de sal). Lo removemos y lo abanicamos. Dicen que así el arroz que más brillante y lustroso. Una vez tenga la temperatura adecuada para trabajar el arroz con las manos empezamos a preparar el onigiri. Son bolitas de arroz que pueden llevar relleno. Nosotros le pusimos atún en escabeche. Hacerlas es muy facil. Moldear con las manos una bola, hacer un agujero, meter el relleno y taparlo. Las salamos y añadimos un poco de sésamo por encima. Esta bolitas tiene mucho tirón entre el público infantil.
Llega el momento de hacer los rollitos. Extendemos el alga nori y cubrimos con una capa de arroz. Dejaremos un margen de un par de centímetros a cada lado en el sentido en el que vayamos a enrollarlo. Ponemos las tiras de salmón y pepino y con ayuda de la esterilla lo enrollamos. Al siguiente rollito le pusimos tiras de bambú, anchoas y atún en escabeche. Las posibilidades son casi ilimitadas. Ponemos utilizar tortilla, diferentes pescados, tofu, verduras… Garbancita nos enseñó a hacer sushis veganos. Para trocearlos usaremos un cuchillo muuuy afilados que limpiaremos después de cada corte. Emplatamos y servimos acompañados de wasabi y salsa de soja con jengibre rallado.
No hay ningún sitio como tu casa. Necesitábamos un fin de semana como el que hemos tenido. Tranquilo. Observando la lluvia a través de la ventana, cocinando, comiendo, leyendo, viendo películas… Me he dejado casi todas las comidas de la semana que viene arregladas.
El viernes hicimos hamburguesas. Cambiamos los panecillos por tortillas de maíz. Pusimos una cama de lechuga lollo rosa, sobre ésta la hamburguesa hecha y dos trocitos de queso frito. Metemos al horno para gratinar el queso que habremos puesto sobre la tortilla que tapará la hamburguesa. Nos quedamos con ganas de probar con otros rellenos, como pollo en tiras o verduras. Seguiremos investigando.
Soy un envidioso. Vi esta receta en amiloquemegustaescocinar, un blog me he descubierto hace poco y me encanta. Aprovechando que ahora las fresas están en su punto de madurez (y de precio) me decidí a hacerla.
Necesitaremos: 500 gr. de fresas, 400 gr. de azúcar blanquilla, medio limón y cinco cucharadas soperas de vinagre balsámico. Podemos añadirle más vinagre si nos gustan los sabores atrevidos, pues con esta cantidad apenas se nota. Y por primera vez… la videoreceta:
Me llamó la atención ver en la zona de congelados de mi supermercado habitual vieiras congeladas. Las había comido en casa de mi hermana, gratinadas, en la cena de navidad. Así que no me lo pensé. Me llevé dos a casa. El problema vino el día que me decidí a cocinarlas. No sabía qué hacer con ellas. Busqué en mis blogs de confianza, rebusqué en internet y al final hojeé mis libros de cocina. Se me iba la mañana y todavía no sabía qué hacer. Al final Nobu me dio la solución.
De su receta me quedé con lo esencial. La forma de hacerlas. Improvisé cambiando los ingredientes que no tenía. Abrimos las vieiras, las limpiamos bien y laminamos. Encima de cada lámina de vieira ponemos una rodajita de jengibre fresco y una lágrima de wasabi. Enmedio del plato ponemos medio pepino cortado fino y media zanahoria rallada. Alrededor las vieiras. Rociamos con el zumo de medio limón y terminamos con unas escamas de sal maldón. Hay que tener cuidado con el wasabi pues su sabor es tan intenso que anula al resto, por no hablar de lo que pica.
Mi madre prepara esta receta cuando vamos a Madrid. Como la mayoría de las madres es una gran conocedora de la cocina y sus ingredientes. Incluso en sus años mozos trabajó de cocinera en casa de una adinerada señora alemana. De ella he heredado el gusto de cuidar a los tuyos. Mimarlos con la comida.
La receta es sencilla. Bueno, mi madre, Paquita, se complica un poco más. Ella compra las almendras crudas y las fríe en casa. Yo usé almendras tostadas. De esas que vienen con la piel y se pelan fácilmente.
Vamos a necesitar una merluza de un kilo (que a unos melindres como nosotros cuatro nos sobró), patatas suficientes para cubrir el fondo de la bandeja, un par de ajos, un puñado de almendras y perejil.
Pelamos las patatas y las freímos como si fueran para tortilla (que no estén muy hechas, pues luego en el horno terminarán de hacerse). Mientras majamos los ajos con el perejil y las almendras. Una vez que esté bien triturado le echamos dos o tres cucharadas soperas de pan rallado y mezclamos bien.
En la bandeja del horno ponemos primero las patatas fritas. Sobre éstas la merluza abierta, desespinada y salpimentada. Terminamos cubriendo con el majado que hemos preparado en el mortero. Echamos un chorrete de aceite de oliva y metemos al horno unos diez o quince minutos a 180-200 grados. O hasta que se doren las almendras y el pescado quede hecho por dentro. No dejéis de hacerlo. Las recetas de las madres son un acierto seguro.
En casa, aunque a veces pueda parecer lo contrario, no solo comemos chuminadas. También hacemos cocidos madrileños, paellas y asados de cordero. Hace unos días preparamos unas judías blancas con costillas.
Empleamos los siguientes ingredientes: 300 gr. de judías blancas, una bandeja de costillas carnosas de cerdo (500 gr. aprox.), un chorizo, una morcilla, un trozo de panceta, una punta de jamón serrano, media cebolla, unos ajos, unas cucharaditas de pimentón dulce, unas hojitas de laurel y mucho amor.
Freímos las costillas que luego deshuesaremos. Mientras, asustamos a las judías poniéndolas a hervir en agua fría. Al levantar el primer hervor las apartamos, escurrimos y reservamos. Ahora toca sofreír la cebolla, los ajos, el chorizo y la panceta. Cuando ya están listos añadimos un par de cucharaditas de pimentón. Damos un par de vueltas para que coja color pero con mucho cuidado de que no se queme. Añadimos la judías, removemos y las cubrimos con agua. Es el momento de meter en la olla la punta de jamón y las costillas deshuesadas.
Las cocemos con mimo a fuego lento. Las prisas y el estrés no tienen cabida en la cocina. Estuvieron cerca de dos horas pero varía en función de las judías, el tipo de agua y el gusto de cada uno. Cuando falta un rato para que estén en su punto se añade la morcilla para que se cocine pero no se deshaga.
Estaban buenísimas. Con su choricito, sus costillitas, su caldito espeso… Por cierto si os queda un poco claro, apartáis unas judías, las pasáis por la batidora e incorporáis el puré. Hacedlo poco a poco y tantas veces como sea necesario hasta conseguir la textura adecuada. Qué buenas y qué gusto da hacer comida de más para guardar en el congelador y sacarla a mitad de semana.
Esta es otra receta para echar una lagrimilla mientras se come. Recordando esos momentos que no volverán. La tortilla y los macarrones son lo que más recuerdo de la cocina de la yaya. Quizás no fuera lo que mejor hacía pero sí lo que más me gustaba. Macarrones con tomate dulce y queso tierno de Coqueya.
Primero preparamos el tomate frito. Necesitaremos un bote grande de tomate troceado (la yaya solía comprarlo de la marca Cidacos, pero cualquiera nos vale). Lo abrimos y escurrimos un poco. Lo freímos con un chorro generoso de aceite de oliva. A fuego lento, sin prisa. Le vamos añadiendo azúcar y lo probamos hasta que quede a nuestro gusto. Mientras tanto podemos cocer los macarrones.
Una vez que lo tenemos todo ponemos los macarrones y el tomate frito en una bandeja de horno. Lo mezclamos bien. Repartimos unos chorritos de leche y cubrimos con queso tierno cortado en lonchas (o triangulos, no rallado). Metemos a horno medio unos diez o quince minutos. Así conseguimos que la capa de macarrones de abajo queden crujientes. Para terminar, si hace falta, doramos el queso. Si nos apetece lo podemos acompañar con un poco de atún, bien en aceite o en escabeche.
Llevaba ya tiempo con ganas de probar a hacer cosas ahumadas en casa, bien con humo líquido o con sal ahumada como en este caso. La sal la encontré en Mercadona por poco más de dos euros. El procedimiento es el mismo que si marinamos el salmón. Cubrimos el pescado con la sal por encima y por debajo. Dejamos reposar 24 horas en el frigorífico. El olor a humo es muy fuerte. Cada vez que abríamos la puerta de la nevera se impregnaba toda la cocina. Una vez pasado este tiempo lo sacamos, limpiamos y ya está listo para usar.
No me gusta el salmón a la plancha, ni al horno, ni en ninguna preparación. Sólo me gusta ahumado, marinado o crudo. Bueno, eso creía hasta ayer que hice éste salmón a la plancha.
Se cortan unos filetes de la cola. De unos cinco milímetros de grosor y se rocían con zumo de limón. Se deja un rato. Un rato pueden ser diez minutos. Mientras se pone a calentar la plancha. Cuando está muy caliente se echan unas gotas de aceite de oliva y se van haciendo los filetes. Hay que ser rápido porque deben quedar un poco crudos por dentro. Se sirven con unas escamas de sal maldón y chorrito de salsa de soja. Fácil, rápido y muy rico. ¡Ya me gusta el salmón a la plancha!