Acabo de ver el Chef’s table de Christina Tosi. Siento que tengo que contaros mi historia. La de mi fracaso personal. Siempre me ha gustado cocinar. Los primeros recuerdos de mi infancia están relacionados con ella. Montando claras para un bizcocho en la cocina, junto a mi madre. Desde pequeño me sentí atraído por el lado dulce de las cosas.  Así que cuando todo se torció y nos quedamos con el culo al aire la solución me pareció bastante obvia. Montar algo relacionado con la pastelería, Hornette.

No era el sueño de mi vida, ni era algo que tenía que intentar. Era pura supervivencia. Antes no me había planteado ser profesional de algo así. Si ni siquiera era metódico y consistente. Era un punk romántico del horneado. Eso se tuvo que terminar. Balanza digital, cuaderno, gramos, porcentajes, tiempos. Se convirtió en una obsesión. Leer, estudiar, hornear, preparar, probar, repetir, descubrir, fallar, corregir. Día y noche. No había descanso. Mi familia me necesitaba. Algo me carcomía por dentro. Me quitaba el sueño. Me asfixiaba. Al mismo tiempo me adentraba en un mundo fascinante hecho de harina, azúcar y mantequilla. Era una droga. Me consumía.

Dimos los primeros pasos en casa. Encargos que preparábamos con nuestro horno doméstico y solo una nevera. Malabares para refrigerarlo todo. Una despensa cuajada. Se nos daba bien. Era como imprimir dinero con una impresora doméstico. Una calderilla que nos arreglaba las cuentas. Creí. Nunca he tenido fe en nada.  Por una vez la sentí. Ese fue mi gran error.

Buscamos local, equipamiento profesional. Dar el salto. Crecer. Salir. Hacerlo en serio. Sobreestimé mi fuerza, mi capacidad, mi don. Creía que poderlo hacerlo TODO. Pero NO. Ni siquiera era una cuarta parte de lo productivo que pensaba. Porque quería hacerlo todo de principio a fin. Tartas, galletas, bombones, bizcochos, eclairs, macarons, chocolatinas, pasteles, panes, trufas. Mi ambición pastelera era así de ridícula. Yo era así de ridículamente iluso. Empecé a darme cuenta. El trabajo, el esfuerzo, el dolor. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar? ¿Cuanto tiempo soportaría una situación como esa? ¿Se llevaría por delante mi vida personal? ¿Mi vida familiar?

Nos han repetido una y mil veces que querer es poder. Pero no. NO. No siempre es posible. Otras veces lo es pero el peaje es muy alto. Renuncié. Lo dejamos. Es posible que hubiésemos salido adelante a lo largo de los años. O no. Porque los gastos que tienes se comen tus ingresos y tu ilusión. Porque lo que estás dispuesto a hacer con veinte años no lo estás con cuarenta. Porque la vida a veces es una mierda.

Ahora puedo hablar de esto. Pero me cuesta un esfuerzo tremendo mirar atrás y volver a ese momento. Ahí incineré mi ilusión y mi esperanza. Gasté media vida y algo se murió dentro de mí. Como no hay mal que cien años dure me curo las heridas decreciendo. Preparando cosas cada vez más sencillas. Cada vez mejores. Más pequeñas. Panes, bizcochos, mermeladas, magdalenas, bollos, galletas. Cuando quieras te vienes a casa a merendar. Prepararé algo para todos. Sin dinero por medio. Sin miedo. Sin obsesión. Sin dolor.