Chips de masa madre, Azafrán Villarrobledo

Habían sido los cumpleaños de Pablo y Marina. Una excusa ideal para volver a Azafrán. No es que haga falta tener una pero las últimas veces habíamos ido solos y decían que ya les tocaba. Reservamos mesa y allá que vamos.

Nos recibe Lourdes. Nos sentamos y  “dice Teresa que si os gustaría probar las novedades”. Tras dar palmas con las orejas y hacer la ola (bueno, esto solo en nuestra cabeza, al estilo Homer Simpson) contestamos que sí. Una cocacola para mí. Las cortezas caramelizadas son un vicio. Se acaban en un suspiro. Nos traen una mantequilla de hierbas y unos chips de masa madre. 100% masa madre, horneada, laminada y tostada. Tan fina que puedes ver el futuro si lo miras al trasluz.

Paté de jabalí, Azafrán Villarrobledo

Paté de jabalí, trompetas negras y gazpacho malagueño. No sé cómo deciros lo delicioso que estaba. Un sabor potente pero contenido y toques ahumados, o al menos eso me pareció. De textura muy cremosa, las trompetas le iban muy bien. Si ciudadano Kane lo hubiese probado en su lecho de muerte no habría pronunciado “Rosebud“, habría dicho “paté de jabalí”.

Canelón de perdiz y lengua de vaca. Interior untuoso, sabor delicado, acompañado de una salsa de azafrán. Al mismo tiempo nos llevan las focaccias. Una de quesos y otra de tomate. Cómo se nota que a Teresa le va esto del pan. Mira que nos alegramos y lo disfrutamos. Por petición popular pedimos queso frito. Aquí es muy típico pero en ningún lo sitio lo bordan como en Azafrán. Viene con dos salsas, melón/romero y tomate/violeta.

Calamar/garbanzos, Azafrán Villarrobledo

Llega el plato que más me sorprendió. Calamar, acelgas, garbanzos y boletus. Un calamar entero con sabor a brasa, el gusto de un alioli suave, esa combinación aparentemente inverosimil. Más pan y bebida. Gracias. Patatas a lo pobre con guiso de negrillas. Viene envuelto en unas tiras de papada, muy tierna. Son platos como este los que hacen que tu cerebro conecte puntos, algunos conocidos, otros no, y se te ponga una sonrisa tonta. Terminamos con un magret de pato. Hecho en su punto, servido con cuscús, verduritas y pasas.

Alba, un dulce en el cielo.  Azafrán Villarrobledo.

Nosotros siempre -¡SIEMPRE!- nos dejamos un huequecito para el postre. Ir a Azafrán y no probar algo dulce sería algo muy lamentable. Pedimos dos para los cuatro. Mi postre de chocolate (brownie, helado, mousse) y un Alba, la novedad. Yogur, sandía, melón, lima, vainilla se juntan en distintas preparaciones, texturas y proporciones. El final ideal para salir a la calle sin tocar el suelo.

Da gusto ver que a pesar de todo el rodaje de estos años Teresa sigue siendo ella misma. Haciendo lo que le gusta. Sin fuegos artificiales ni propuestas rupturistas. Sencillez, equilibrio, delicadeza. Su cocina es un beso en la mejilla y un abrazo afable en un día desapacible. No sé cómo funciona lo de las estrellas Michelín. Qué hay y qué no hay que hacer para conseguirlas. Tampoco sé si son un medio o un fin, ni si “sirven” para algo. Me da igual. Yo solo necesito que Azafrán siga aquí. Poder ir cada pocos meses. La felicidad es esto.

[Podéis ver más fotos en este álbum de facebook.]